18.1.08

psicología y (des)orientación sexual II

Un par de años más tarde, y aún en terapia con la misma psicóloga del post anterior, había logrado establecer algunos vínculos menos patológicos y tenía varios grupos de amigos. Ya no me involucraba apasionada e intensamente como antes, pero vivía bastante más tranquila. Así apareció en mi vida una chica varios años más grande que yo que de pronto empezó a actuar como solía hacer la tortita que suscribe antiguamente: me buscaba, estaba atenta a mis gustos y necesidades, nos divertíamos, me llamaba 15 veces por teléfono en cuatro horas, nos contábamos la vida, ella caía a mi casa tarde y se quedaba a dormir la mitad de la semana, íbamos para allá, veníamos para acá, empezamos a estar casi todo el tiempo juntas. Hasta que se empezó a poner denso.

Ella tenía sus mambos y yo insistí para que hiciera terapia. Había empezado a tener algunas actitudes que rozaban el acoso y me asfixiaba. Durante prácticamente toda la relación, aún cuando recién nos conocíamos, eran recurrentes las amenazas de una violación lésbica (de su parte hacia la mía), la menciones a la homosexualidad, a las lesbianas del pueblo, las anécdotas de una profesora que ambas tuvimos y se rumoreaba que salía con tal o cual, etc.

Quizá no esté de más aclarar que de nuestra sexualidad no hablábamos, aunque yo –convencida como estaba de que me gustaban los hombres, y que si acaso algún día me gustara una mujer sería incapaz de concretar nada con ella- sospechaba que ella era lesbiana y se había enamorado de mí (cosa que no requería ninguna sensibilidad fuera de lo común dadas las circunstancias…). Eso a mí no me provocaba nada en especial más que la necesidad de que lo reconociera para que pusiéramos las cosas en su lugar, porque ella sufría de solo verme charlar con otra amiga, y se me estaba tornando insoportable su presión. A mí no me movía un pelo.

Un buen día, por fin, se convenció y empezó terapia.

Con mi psicóloga.

Yo no recuerdo haberla mencionado mucho, porque no era un tema de terapia. Sin embargo, fue mi psicóloga la que después de una o dos sesiones de atenderla me sacó el tema y me preguntó "por qué sos amiga de esa chica? Porque tienen mucha diferencia de edad….".

Y otra vez la expresión turbada, el tono grave, la mirada distinta. Ahí pensé: ésta me está queriendo decir otra cosa. Y ahí nomás empezó a decir que bueeeeeeeeno, que creía conveniente que yo pasara menos tiempo con ella, que teníamos intereses distintos (¿?), que blah, que blih, que bleh.

Y yo entonces supe que el problema era que ella también había visto lo que yo veía, que seguramente mi amiga era lesbiana, y que mi psicóloga (a quien yo quería, respetaba, necesitaba, admiraba casi) creía que era una mala influencia para mí. Ergo: la homosexualidad es mala, es conveniente aislar al elemento enfermo, en caso contrario uno puede contagiarse. Y yo al tiempo terminé cortando esa relación de una manera muy perversa, que será motivo de otro post quizá.

Pero me quedé con todo eso en mi cabeza girando en torno al lesbianismo: la gravedad, el temor, lo malo, lo vergonzoso, la necesidad de aislarlo, o aislarlas.

1 comentario:

paula dijo...

No, no soy sicóloga, pero me he sometido a terapia varias veces con varios personajes de (des)orientación general, no solo sexual, jaja, Encontrar un buen terapeuta (hombre o mujer) es casi tan difícil como conseguir novia. Te sigo leyendo.

feliz día