26.2.08

psicología y (des)orientación sexual III

Más tarde tuve un novio y sentí alivio. Lo quise, me inventé que me había enamorado (pero sólo nos llevábamos bien), tuve mis primeras relaciones sexuales y fueron buenas… parecía que, finalmente, era normal. No tenía nada que temer.

Me lo creí por un tiempo.

Como era previsible, la relación se terminó. Hubo algún que otro tipo de manera esporádica, el sexo más o menos placentero, el interés bastante lánguido y la sospecha creciente de que, no digo fuera lesbiana pero sí que algo "malo" me ocurría con los hombres.

Entonces empecé terapia otra vez. Los motivos eran varios pero ése era uno de los principales, aunque no el más urgente.

Cuando mencioné un buen día aquello que pensaba, la psicóloga que andaría con su atención flotante se incorporó, se inclinó hacia mí, hizo un alto en mi relato y con el mismo tono grave que la anterior, dijo: "esperá, esperá…. Vos…. Estás queriendo decir que… no te gus…" NOOOOOOOOOOOOO, respondí yo, sin dejarle terminar la frase. No, no no! Sólo que me cuesta enamorarme...

Y otra vez clausurado el tema. Me pareció que iba a decir algo tan serio, tan peligroso, que mejor callarme.

Después la vida me cagó bien a trompadas y cuando me repuse, y tras casi cuatro años de terapia ininterrumpida, decidí que era hora de enfrentar el tema, que estaba lista para hacerlo, que era necesario que lo hiciera si quería vivir bien alguna vez, porque no podía quedarme con la duda.

Antes, me lo pregunté varias veces a mí misma: "soy lesbiana? Seré lesbiana? Será un antojo? Será por la soledad? Soy lesbiana???"

A ella se lo dije, no sin esfuerzo, de manera más indirecta. Llegué esa tarde sin poder hablar de nada, muy nerviosa, repitiendo "no sé qué decir, no sé qué decir".

  • Qué no sabés decir? Me espetó.

Entonces le hablé de cierta ambigüedad sexual, que no lograba terminar de engancharme con los hombres, que no entendía qué me pasaba. Tenías las piernas como de algodón, las manos traspiradas, el pecho que parecía iba a explotarme. Esa vez ella se mostró más receptiva y hasta me abrazó al final de la terapia diciendo: "me alegro que por fin lo hayas dicho". Ahí sentí alivio y mucha, mucha adrenalina.

Después volví a eludir el tema durante meses, ella me atrapaba por un segundo, y yo me le escapaba. No podía volver a nombrarlo, pero no paraba de trabajar en mi interior. Terminó en año, pasaron las vacaciones y por entonces ya coqueteaba por chat con una chica que había logrado atrapar mi atención. Esas semanas de verano fueron de una actividad interior incesante, arrasadora. No podía dejar de pensar en lo que me estaba pasando, en las ganas de esa mujer que no conocía y en volver por fin a mi terapia a contarle de ella.

Los primeros días de febrero fui entusiasmada a verla. Necesitaba decirle a alguien –no hablé con nadie más que con mi terapeuta de mi sexualidad hasta concretada mi primera relación- lo que me ocurría porque sentía que de otro modo estallaría. Y entonces volví a hablar del tema esta vez sin rodeos: "me gusta una chica", dije, y sentí que era lo más normal del mundo. Y pese a sus intentos de volverme razonable y cautelosa en repetidas oportunidades, ya no permití que sus prejuicios me detuvieran.

Habían pasado 8 años de mi primer intento de hablar de mi sexualidad en terapia y mucho miedo y dolor bajo mi piel hasta que pude lograrlo.

2 comentarios:

marga dijo...

me alegra mucho que hayas podido decirlo, hay gente que no lo logra en toda su vida

salu2

Unknown dijo...

Eyy, Felicitaciones por apoderarte de lo que sentís
Lo único importante

No se como llegue a este blog, pero mi saludo afectuoso a tamaña jugadora